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Muchas Gracias

jueves 11 de agosto de 2011

Pudimos haber llegado lejos

Por alguna razón, esta frase - Pudimos haber llegado lejos - se me presenta como un reproche insufrible en cuanto a las cosas que estamos haciendo. Quizás no sea el único que siente o piensa lo mismo al escucharla porque la responsabilidad es algo que nos persigue a todos en cualquier medida. Y lo peor es que siempre existe un punto en el que todos compartimos una responsabilidad común: la sociedad en la que vivimos.

Todos hablamos de lo bueno que eran los tiempos pasados, de lo barata que era la vida y los buenos modales de las personas de antes. Vivimos envueltos en un manto de nostalgia que casi parece un lamento que a la larga se transforma en un enorme pesimismo en cuanto al futuro.

Y la verdad es que si las cosas siguen tal como están ahora, no tendremos razones para enfrentar el futuro con optimismo porque la situación actual es una bomba de tiempo.

Sin embargo, todavía estamos a tiempo para remediar la situación. Una frase tan conocida que no he logrado encontrar a quien atribuirla dice que “para lograr lo que nunca hemos logrado debemos hacer cosas que nunca hemos hecho”. Es una gran verdad y aplica en muchos sentidos pero en este caso, lo que tanto añoramos son las buenas cosas del pasado. Ya hemos visto tiempos mejores. Por tanto no es necesario seguir experimentando cosas nuevas, sino por el contrario hacer las cosas que antes se hacían. Tampoco se trata de oponernos al inevitable progreso que nos ofrece el siglo XXI sino más de volver nuestras actitudes, pensamientos y sentimientos a la manera de los de antes.

Si las cosas en nuestra sociedad están saliendo mal es simplemente porque hemos abandonado las buenas prácticas y nos hemos entregado a un estilo de vida y conducta que son dañinas para todos aunque no todos sean responsables. Porque esta es una verdad indiscutible: cuando se trata de sociedad en general, las decisiones y acciones de unos terminan por afectar a todos.

Y el primer lugar donde debemos empezar a efectuar ese cambio es la familia. La familia es la base de la sociedad sin importar su estatus, ni su raza o sus creencias. La sociedad somos todos. El estado de una sociedad refleja la salud de cada una de las familias que la conforman.

La buena noticia es que los grandes cambios siempre empiezan por pequeñas acciones. Hace un par de día estaba en el patio de la casa de mi padre; en el barrio donde crecí, gocé y lloré pero que me es inolvidable; cuando vi pasar a una joven, de aquellas que eran niñas cuando yo era un adolescente. Caminaba junto a su pequeño hijo de menos de tres años. Yo me mantuve atento esperando que ella me dirigiera la mirada para saludarla – porque no se puede convivir entre las personas y actuar como si no nos conociéramos – pero en ningún momento lo hizo. Tampoco saludó.

Decidí quedarme un rato más esperando a que regresara pero al volver su actitud fue la misma de antes. Y me quedé pensando que ese niño crecerá actuando de la misma manera: indiferente.

Y la indiferencia es una de las cosas que más nos están destrozando ahora. La indiferencia de los padres ante la actitud grosera y altiva de sus hijos, la indiferencia del Ministerio de Trabajo ante el desempleo y la explotación, la indiferencia del Ministerio de Finanzas ante la devaluación del Lempira, la indiferencia del Ministerio de Seguridad ante la inseguridad y especialmente: la indiferencia del gobierno ante todos estos casos que he mencionado – entre otros.

Así que he vuelto a recordar aquellos domingos de misas cuando mi abuela me llevaba a la iglesia. El camino se me hacía largo porque ella se detenía a saludar a todas las personas que se encontraba y con un interés genuino preguntaba por los demás miembros de la familia de la persona con quien estaba platicando. Pero eso no era todo: también me ponía a saludar y en ocasiones a conversar.

Entonces, si los buenos tiempos de antes eran tan buenos no debemos seguir nadando contra corriente. Hay que regresar y rescatar las buenas costumbres y tradiciones de antaño. Empecemos por la familia.

Hoy en día me sorprendo de como niños menores de ocho años – ante la indiferencia de los padres – emplean un vocabulario vulgar y ofensivo como si nada. Como es natural, los niños repiten lo que oyen. Por tanto, los padres y tutores y los adultos en general debemos tener cuidado del lenguaje que utilizamos en presencia de los niños. También es necesario que actuemos escandalizados cuando oigamos que ellos se expresan de esa manera. Por experiencia propia que se sentirán avergonzados y no volverán a decir nada semejante.

Para terminar, si nos vamos un poco más atrás en el tiempo encontramos datos reales de personas que hicieron que los tiempos pasados se convirtieran en la añoranza de esta sociedad desesperada. Entre los políticos se aprecia un fuerte patriotismo y servicio desinteresado. Entre los militares una encomiable gallardía por la gloria de la patria y entre los administradores públicos una honradez que trasciende las barreras del tiempo.

No es que los tiempos pasados eran mejores sino que las personas eran más nobles, más dignas y más honradas.

La vida siempre ha requerido un sacrificio y lo seguirá requiriendo – porque así lo decretó Dios desde el principio – pero de nosotros depende que las cosas sean más llevaderas para todos y no solo para unos cuantos.

Reflexionemos en el tipo de aporte que estamos dando a esta sociedad. ¿Estamos construyendo un futuro esperanzador para todos o estamos destruyendo el optimismo de las nuevas generaciones?

Todavía podemos llegar muy lejos engrandeciendo nuestra patria, honrando la memoria de nuestros próceres y ennobleciendo las nuevas generaciones mediante las buenas enseñanzas y estableciendo tradiciones que hagan de nuestra sociedad, nuestro mayor atractivo. El sueño de Morazán todavía es posible: hagamos de la nuestra una patria Fuerte, Rica y Respetada.

¡Que DIOS nos bendiga!


ESCRITO Y PUBLICADO POR EVER MARTINEZ

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Raúl dijo...

Aquí te dejo un abrazo, Ever.

Ever Martínez dijo...

Gracias Raúl,

Siempre es un honor!!!